Existe entre algunos historiadores la idea de que las generaciones se suceden conforme a un patrón recurrente. La primera concibe, funda y levanta los cimientos; la segunda desarrolla, consolida y preserva la obra recibida; la tercera, en cambio, deshace lo construido, devuelve el contador a cero y abre de nuevo el comienzo. Así, la historia parecería avanzar no en la tradicional línea recta, sino en un ciclo interminable de creación, conservación y ruina.

Este patrón puede reconocerse en la historia española del siglo XX. La primera generación, formada durante la Belle Époque y los años veinte, puso los cimientos de un nuevo tiempo al cuestionar la legitimidad del orden anterior, encarnado por el reinado de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera. La segunda, la de los años treinta y la Guerra Civil, trató de desarrollar y consolidar esos fundamentos mediante un proceso democrático que quedó abruptamente truncado por el conflicto. La tercera, criada sin otra realidad que la dictadura del general Franco terminó por demoler lo heredado. Sin embargo, fue también esta generación la que, desde los años cincuenta y sesenta, intentó poner el contador a cero y comenzó a imaginar un cambio de régimen. Correspondería a la generación siguiente —la primera de un nuevo ciclo— poner fin definitivamente a la dictadura.
El nuevo ciclo – que ahora se cierra – comienza en los años sesenta con la generación del baby boom, integrada por quienes nacieron entre finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta. A diferencia de sus padres, no conocieron los horrores de la Guerra Civil ni padecieron directamente los esfuerzos de supervivencia de la década de 1940, los llamados «años del hambre», la etapa más dura de la dictadura franquista en todos los ámbitos. Ante sus ojos se abría una sociedad que empezaba a prosperar y en la que una incipiente clase media despertaba y se expandía.

Sin embargo, crecieron bajo un adoctrinamiento ejercido tanto en la escuela como en el entorno familiar, un relato que exaltaba las supuestas bondades del régimen y presentaba al «Caudillo» como el salvador de España frente a los «rojos». Aquellos niños de los años cincuenta son hoy los abuelos, bisabuelos e incluso tatarabuelos de las nuevas generaciones: el vínculo vivo entre la memoria heredada de la dictadura y un presente que continúa interrogándose sobre ella.
La segunda generación de este ciclo es la Generación X, integrada por quienes nacimos entre finales de los años sesenta y principios de los setenta. Crecimos durante el cambio de régimen y hemos vivido la mayor parte de nuestra existencia en la Pos-transición.

Hoy avanzamos ya hacia una nueva etapa vital, mientras que nuestra descendencia son estudiantes adolescentes o jóvenes adultos que comienzan a incorporarse al mercado laboral.
Esta superposición de edades muestra que en la sociedad actual conviven numerosas generaciones, desde la generación del baby boom hasta la generación Beta recién nacida. Aun así, puede observarse cómo las generaciones del baby boom y X tratan de mantener viva la democracia prometida durante la Transición y se resisten a renunciar al ideal de que un mundo mejor es posible, sin destruir por ello cuanto se ha construido con tanto esfuerzo. Las generaciones Milenial y Centenial representarían, dentro de este esquema, la tercera generación: aquella llamada a cuestionar radicalmente lo heredado, poner el contador a cero e iniciar un nuevo ciclo.
Hoy vemos espectros del pasado como el fascismo en todas sus modalidades, ideales que creíamos superados y actitudes y comportamientos disruptivos que nos hacen pensar en el cambio de ciclo no es algo del mañana, sino del hoy. El grito de Gretta Tungberg “Nos habéis fallado” dirigido a la generación Baby Boom y X, ya demuestra que el cambio de ciclo ya se ha iniciado. Ahora es el momento de máximo activismo de la tercera generación, la Milenial y Centenial (También conocida como Generación Z).

Vivimos hoy en una etapa muy turbulenta y de cambio, una etapa de violencia y de cuestionamiento de la realidad heredada, al tiempo que surgen nuevas utopías sobre nuevos paraísos terrenales, el desprecio a la experiencia pasada, la falta de confianza, el respeto a la discrepancia y el debate sereno, están destruyendo ya el mundo que hemos conocido las generaciones precedentes. Aun así, no todo está perdido, pues llegará el día que los jóvenes se harán adultos y verán la vida con otros ojos y se quejarán probablemente de los “melenudos” de las generaciones Alfa y Beta, hoy en la infancia.
El ciclo de la vida continua, unos llegan otros aun están y muchos se irán pronto. Tenían razón en el siglo XIX uno pasa de ser debutante a participante y desde esa posición a ser un mero espectador.
La sensación de decadencia que percibimos en la actualidad puede explicarse, al menos en parte, por el cambio de intereses y de horizontes entre quienes nacimos en los años sesenta y quienes lo hicieron en los noventa. Mientras nuestra experiencia se formó en un mundo predominantemente lineal y presencial, orientado a conservar y mejorar lo recibido, las nuevas generaciones habitan un entorno digital y virtual desde el que contemplan esa herencia con mayor distancia y, en ocasiones, la rechazan por considerarla agotada o decadente.
En ese clima encuentran eco los discursos sociales y políticos más disruptivos, donde la competitividad corre el riesgo de convertirse en confrontación; la discrepancia, en ruptura; y el debate, en mera disputa. Se configura así una cultura cada vez más polarizada, hostil hacia cuanto obstaculiza determinados proyectos o intereses, alimentada por un flujo constante y deliberado de mensajes procedentes de esa «zona gris» que alcanza directamente los dispositivos digitales. Esos aparatos, convertidos casi en una prolongación de la mano, acompañan incluso a muchos menores sin una adecuada supervisión adulta.
A esta influencia se suma la transmisión familiar de una imagen idealizada del pasado. Algunos abuelos, bisabuelos y padres presentan ese legado como una forma de «educar en valores», aunque los valores transmitidos no siempre son democráticos y pueden conservar rasgos propios del tardofranquismo. Muchos jóvenes quedan así expuestos no solo a esa visión selectiva de la historia, sino también a un ambiente que pone en duda los fundamentos mismos de la convivencia democrática: el conocimiento histórico, la ciencia y la tecnología, el espíritu crítico y laico, la diversidad cultural, religiosa y social, y la pluralidad política propia de un régimen parlamentario. El desafío no consiste, por tanto, en elegir ciegamente entre el pasado y el presente, sino en someter ambos a examen sin renunciar a los principios que hacen posible una sociedad abierta.
En este sentido, la «maldición de la tercera generación» parece cobrar una especial vigencia en nuestro tiempo. No obstante, conviene entenderla no como una ley inexorable de la historia, sino como una perspectiva intelectual desde la que interpretar la complejidad de los procesos intergeneracionales.

Deja una respuesta