
Recientemente, Donald Trump se reunió en el Despacho Oval con altos líderes de las iglesias evangélicas estadounidenses para realizar una oración conjunta. Esta oración tuvo lugar en el contexto de la operación militar llevada a cabo por Estados Unidos e Israel contra Irán, lo que sugiere que el propósito no era pedir por la paz, sino por el triunfo estadounidense e israelí en el conflicto bélico.
La invocación de la divinidad, independientemente de su naturaleza, constituye una práctica histórica vinculada a los conflictos bélicos desde los primeros registros de la guerra. Habitualmente, los líderes militares han utilizado esta invocación para legitimar sus acciones y fortalecer el liderazgo, presentándose como los elegidos o enviados de la divinidad con el propósito de salvar o liberar poblaciones oprimidas, así como para elevar la moral de las tropas en búsqueda de la victoria sobre el adversario. Asimismo, esta estrategia se ha empleado como un recurso frecuente para justificar guerras, disputas internacionales, enfrentamientos, crímenes y genocidios.
Estos individuos, que manifiestan actuar en nombre de la Divinidad conforme a sus propias declaraciones, suelen reinterpretar las doctrinas establecidas por diversas religiones y organizaciones religiosas. Así, producen nuevos enfoques religiosos que, en esencia, constituyen sistemas personalizados que integran conceptos políticos y principios religiosos mediante estrategias dirigidas a atraer seguidores y financiación a sus causas, las cuales suelen estar profundamente vinculadas con la sociedad y la cultura religiosa dominante.
Los movimientos religiosos evangélicos en Estados Unidos surgieron en el siglo XVIII a raíz del » Primer Gran Despertar», que dio paso al movimiento Metodista proceso que tuvo lugar tanto en el Reino Unido como en sus colonias americanas, y posteriormente en los Estados Unidos.
Estas corrientes nacieron para renovar y afianzar la fe anglicana original, adoptando prácticas ligadas al puritanismo, pietismo y presbiterianismo. Funcionaron como movimientos revisionistas respecto a las doctrinas tradicionales de la Iglesia Anglicana. Quienes participaban en estos grupos solían mostrar una postura integrista y fundamentalista, caracterizándose por una rígida definición de la moral pública, la forma de vida y la organización religiosa. Se oponían a la libertad religiosa que existía en las colonias británicas de Norteamérica, alegando que esta favorecía desviaciones y distorsiones doctrinales. Además, los evangelistas terminaron desarrollando un marcado nacionalismo entre los colonos de origen europeo asumiendo características culturales occidentales.
Es importante destacar que los Estados Unidos de América se formaron a partir de personas que fueron expulsadas o migraron desde Gran Bretaña, motivadas por el deseo de vivir bajo diferentes interpretaciones del cristianismo, distintas a la oficial anglicana, así como de profesar religiones no cristianas.
Estos movimientos evangélicos ocurrieron durante el proceso de emancipación e independencia de las Trece Colonias británicas en Norteamérica, lo que llevó a la constitución de los Estados Unidos de América en 1774. Los movimientos evangélicos fueron identificados por los Padres Fundadores más conservadores, como elementos significativos en el desarrollo de la nueva nación estadounidense, que se estableció oficialmente como laica y promotora de la libertad religiosa. Por lo que con el tiempo se fueron alineando con los sectores mas conservadores de la política estadounidense (Boston Tea Party y Partido Republicano Estadounidense).
Además de los grupos previamente mencionados, los Congregacionalistas también llevaron a cabo una revisión de sus creencias en Estados Unidos. Este movimiento tuvo origen tras la implosión del Movimiento Anabaptista en los siglos XVI y XVII, y está inspirado por el Calvinismo neerlandés y al luteranismo alemán.
Los Congregacionalistas sostenían que tenían la autonomía para establecer comunidades, denominadas Congregaciones, conformadas por la voluntad de sus miembros, quienes elegían a sus líderes mediante procedimientos proto democráticos.
Las doctrinas religiosas y su organización interna se adaptaban en cada iglesia o congregación según las enseñanzas y visión de sus pastores o líderes. Del conjunto de doctrinas congregacionalistas emergieron corrientes como el Unitarismo, el Cuaquerismo, el Baptismo y los llamados “Discípulos de Cristo”. El liberalismo tolerante de este grupo y su afinidad con el laborismo del siglo XIX llevaron a que numerosos integrantes optaran por respaldar al Partido Demócrata de los Estados Unidos.
Además de las corrientes protestantes de origen europeo, el desarrollo histórico y geográfico de Estados Unidos favoreció la expansión de la libertad religiosa hacia otras formas de cristianismo y otras religiones no cristianas, asociados a grupos sociales minoritarios. Entre ellas se encuentran los cultos ancestrales afroamericanos, como el vudú y el sincretismo religioso, así como el culto de las comunidades católicas irlandesas e hispanoamericanas, y los cultos tradicionales de los pueblos originarios de Norteamérica, o el budismo surgido con la inmigración china en el siglo XIX.
La religión ha influido de manera significativa en la conceptualización del Estado y la nación en Estados Unidos, al punto de que puede considerarse que cada ciudadano posee una orientación religiosa personalizada. En la actualidad, la religión constituye un elemento fundamental para comprender el nacionalismo, el estilo de vida, la historia y la política estadounidense.
Donald Trump ha buscado diferenciarse tanto del Partido Demócrata como de los sectores más liberales del Partido Republicano, proponiendo una agenda política propia tanto en asuntos internos como externos, incluyendo cuestiones religiosas desde la perspectiva mas conservadora del Partido Republicano.
Donald Trump proviene de una familia de ascendencia europea; su madre, originaria de Escocia, practicaba el presbiterianismo, lo que influyó en su educación religiosa cuando era niño. Con el paso del tiempo y durante su adolescencia, Trump fue distanciándose de la religión e incorporó nuevas creencias conforme avanzaba en su desarrollo personal. La influencia de algunos pastores contribuyó a que adoptara una visión meritocrática, enfocada en lograr el éxito sin considerar los medios utilizados ni asumir las consecuencias de sus acciones.
Posteriormente, optó por adoptar una postura cristiana no denominacional, evitando la afiliación exclusiva a alguna iglesia. Reinterpretó las doctrinas presbiterianas más puritanas desde una perspectiva personal, posiblemente integrándolas de manera sincrética con el desarrollo de sus propias ideas políticas.
El puritanismo integrista y el fundamentalismo asociados a Trump surgen de un renovado interés por las doctrinas presbiterianas. Las personas que forman parte de este movimiento religioso experimentan una transformación espiritual, “un nuevo nacimiento”, al momento de su conversión.
En la actualidad, Trump afirma que Estados Unidos necesita ser purificado debido a su corrupción, pero como su formación teológica es limitada, confía en líderes religiosos influyentes, grandes telepredicadores evangelistas, como Norman Vincent Peale o Paula White-Cain, quien es su principal referente. Estos líderes se ocupan de los aspectos doctrinales, mientras Trump se dedica a liderar la propaganda populista y nacionalista con un nuevo movimiento restauracionista estadounidense como es el movimiento MAGA (Make América Great Again).
Paula White ha formulado la denominada «Teología de la Prosperidad», basada en la interpretación de determinados pasajes de la Biblia judeocristiana fuera de su contexto original, al igual que hacen habitualmente otros telepredicadores. Esta doctrina plantea que quienes profesan una fe adecuada y se convierten recibirán bendiciones divinas reflejadas en prosperidad económica y éxito personal. En este marco, la conversión adquiere un papel central y exige aceptar sin cuestionamientos dicha invitación y seguir las directrices del líder religioso y sus colaboradores para cumplir con su voluntad.
Partiendo de la idea que la conversión debe ser impostada y no voluntaria, considera la Reverenda White, que Donald Trump es una persona elegida y bendecida por Dios. Por tanto, todos los actos de Trump son asociados a la intervención divina y en consecuencia Trump debe ser glorificado y no cuestionado.
Se observa que, tanto en las organizaciones sectarias de carácter destructivo como en los regímenes autoritarios, existe una tendencia a sacralizar la política, politizar la religión y atribuir al líder cualidades casi divinas o sagradas. En el contexto de Estados Unidos, país con profundas raíces religiosas, y ante la orientación autoritaria adoptada por Donald Trump desde su llegada a la presidencia, resulta comprensible la frecuente utilización de referencias religiosas por parte del mandatario, tanto en asuntos internos como exteriores.
En el ámbito internacional, los telepredicadores más influyentes de Estados Unidos han lanzado ataques contra el ateísmo en medios generalistas, generando controversias artificiales al dictado de la audiencia televisiva.
En líneas generales, las predicaciones mediáticas suelen tener un enfoque festivo y motivacional de autoafirmación personal, en lugar de promover la armonía entre países o religiones. Por el contrario, con frecuencia respaldan el uso legítimo de la fuerza para enfrentar a quienes no concuerdan con las doctrinas defendidas por estos telepredicadores. Dichos telepredicadores ejercen una gran influencia en la opinión pública estadounidense y justifican al Presidente del país para iniciar guerras privadas e ilegales contra naciones americanas y de Oriente Medio cuyos gobiernos son considerados por la administración Trump como adversarios hostiles y opuestos al cristianismo o al judaísmo conforme a su interpretación particular de estas dos religiones.
A partir de los atentados del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas, las administraciones estadounidenses implementaron una rigurosa estrategia dirigida tanto a organizaciones terroristas como a determinados países de mayoría musulmana identificados como presuntos financiadores o protectores de tales organizaciones, especialmente aquellas con presencia en Oriente Medio, África y Europa.
En el contexto de la influencia religiosa evangelista sobre la sociedad estadounidense y su presidente, se ha vinculado el terrorismo internacional con la religión islámica. Esto ha dado lugar no solo a la realización de ataques preventivos contra objetivos considerados terroristas, sino también al desarrollo de actitudes hostiles hacia quienes practican el islam, independientemente de su ubicación geográfica. Además, se han producido distorsiones, como la islamofobia, de carácter racial hacia individuos que presentan rasgos físicos, vestimenta o prácticas religiosas asociadas con el mundo árabe, incluso cuando estos son ciudadanos estadounidenses.
La influencia de Donald Trump y las iglesias evangélicas se observa tanto en los medios de comunicación como en el crecimiento territorial del movimiento conocido como “trumpismo”. Este fenómeno ya se ha extendido por América, Europa y Asia, donde sus ideas se adaptan a las tradiciones religiosas, económicas y políticas de cada país, produciendo el mismo efecto que en Estados Unidos en lo tocante a la religión, la cultura identitaria o nacionalista y a la política.
Los medios de comunicación y las redes globales han desempeñado un papel esencial en la expansión del Trumpismo. Al igual que ocurre con otros movimientos populistas y sectas, estos recursos contribuyen a captar seguidores; además, la propaganda se utiliza para mantener la coherencia del discurso oficial entre organizaciones que han adoptado el movimiento trumpista.
En respuesta al auge del trumpismo, ha surgido el movimiento llamado WOKE o wokismo. Este busca contrarrestar la propaganda asociada con el trumpismo y detener su expansión, especialmente en Estados Unidos, Latinoamérica, Europa y Asia, donde dicho fenómeno está poniendo en peligro los principios democráticos, el derecho internacional y afectando seriamente a los partidos tradicionales tanto liberales como socialdemócratas. La libertad religiosa europea y asiática contrasta con los fundamentalismos religiosos promovidos por sectores trumpistas.
En Europa se asocia el trumpismo con el fascismo o el nazismo, dado que el culto al líder y el fundamentalismo de sus ideas políticas se parecen mucho a la de estas dos ideologías del pasado siglo, que no son del agrado de los países Europeos, pues recuerdan a épocas pasadas de violencia, conflictos, muerte y destrucción.
Por otro lado, Europa ha experimentado una disminución en la influencia del cristianismo durante las últimas décadas, atribuida al crecimiento del laicismo como filosofía de convivencia en países donde prevalece el derecho a la libertad religiosa, de cultos y de conciencia. Si bien existen grupos y movimientos fundamentalistas e integristas religiosos asociados con tendencias políticas como el trumpismo, su presencia es aún minoritaria.
El fenómeno de los telepredicadores evangelistas aún no se ha consolidado en Europa y, previsiblemente, tendría un apoyo social limitado. Por ahora, el trumpismo se manifiesta principalmente en ámbitos económicos y políticos, pero sigue siendo una influencia reducida, aunque con una tendencia en ascenso. Por este motivo, la Unión Europea y algunos de sus Estados miembros más influyentes como Francia, Alemania, Italia o España han adoptado medidas preventivas para protegerse frente a posibles manifestaciones derivadas del trumpismo.
En Europa, la Iglesia Católica tiene presencia significativa en Irlanda, Escocia, Bélgica, Francia, Portugal, España, Austria, Polonia e Italia. Por otro lado, las iglesias reformadas luteranas se encuentran en toda la región báltica, Alemania y Luxemburgo. Las iglesias ortodoxas predominan en la Europa del Este y en la Rusia europea, mientras que la Iglesia calvinista está establecida en Países Bajos y Suiza, y la iglesia anglicana en el Reino Unido. En Escocia, destaca la coexistencia del presbiterianismo con el catolicismo y el anglicanismo, lo cual la convierte en una excepción dentro del contexto europeo.
En principio, los evangelistas presbiterianos encuentran pocas oportunidades en Europa. Las diversas confesiones cristianas europeas tienden a practicar un ecumenismo de orientación liberal, alejado del fundamentalismo. El Consejo Internacional de las Iglesias Cristianas se está convirtiendo en una plataforma y una herramienta ecuménica necesaria para evitar la desaparición del cristianismo en Europa. Esta posición se encuentra más cercana a las políticas defendidas por el Partido Demócrata estadounidense que a las del Partido Republicano, cuyos integrantes respaldan tendencias como el trumpismo y el evangelismo presbiteriano.
Por esta razón, el trumpismo no cuenta con un amplio apoyo en Europa, en cambio los líderes mas sociales del partido demócrata estadounidense si cuentan con un gran apoyo social. La influencia política del trumpismo está creciendo en Europa y representa una amenaza para la estabilidad y el modo de vida europeo.
En Asia, el cristianismo tiene una presencia limitada, mientras que el islam y el budismo son las religiones predominantes. Oriente Medio es una región donde convergen diversas religiones, tales como el cristianismo de origen europeo, el judaísmo israelí y el islam, presente en comunidades árabes, persas y turcas. En África, el islam suní es mayoritario en muchas áreas, y la influencia del cristianismo europeo también se observa en gran parte del continente, con algunas excepciones según la situación política o social de determinados países. En los últimos años ha aumentado el número de católicos en el continente, por lo que el evangelismo trumpista no ha cosechado aún muchos frutos.
La alianza entre los poderes religioso y político fue característica tanto de la antigüedad, como de la Edad Media y el Antiguo Régimen, hasta que la Ilustración promovió la separación de estas esferas. Este cambio permitió la tolerancia y la libertad de religión y cultos, elementos vinculados al desarrollo de la democracia representativa de orientación liberal o social.
La Guerra Fría (1945-1993) tuvo un gran impacto en las ideas filosóficas y políticas que dieron forma a la nueva era después de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), con la ONU (creada en San Francisco en 1946) como principal promotora de la paz y el desarrollo internacional. Durante este periodo, surgió entusiasmo y esperanza por resolver los desafíos globales mediante soluciones políticas y pacíficas, promoviendo la no proliferación de armas y el fortalecimiento de la democracia como el sistema más estable para las naciones y la prevención de nuevos conflictos. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se concibió como el órgano encargado de salvaguardar la paz mundial.
No obstante, esta renovada arquitectura global fue objeto de ataques por parte de países que no se adaptaban al nuevo orden mundial; muchos de ellos eran dictaduras o mantenían regímenes autocráticos. Tras la caída de los grandes imperios, surgieron numerosos estados nuevos. Aunque se pensó que la erradicación de los regímenes fascistas resolvería los problemas internacionales, aparecieron desafíos distintos que desilusionaron a quienes apoyaban el nuevo orden.
Este contexto generó actitudes de decepción, apatía, frustración y desconfianza, así como comportamientos disruptivos en relación con el sistema. La desconfianza se identificó como el factor principal en el desarrollo de la llamada “Guerra Fría”, protagonizada por dos superpotencias que habían sido aliadas durante la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos de América y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Ambas naciones disponían de una notable capacidad militar y llevaron a cabo extensas campañas de propaganda, lo que elevó la tensión internacional sin llegar a un enfrentamiento directo. En su lugar, las guerras locales funcionaron como mecanismos de contención de dicha tensión.
La transición del colonialismo dio lugar a la conformación de áreas de influencia regional, en las que los estados fueron distribuidos entre dos superpotencias sin considerar adecuadamente su realidad interna ni las aspiraciones de independencia de las excolonias. Posteriormente, el imperialismo evolucionó hacia formas de neoimperialismo económico y político, lo que favoreció principalmente el sostenimiento de regímenes dictatoriales y autocráticos.
Desde una perspectiva religiosa, Estados Unidos era considerado la «Reserva Espiritual Cristiana de Occidente», condición que se vinculaba con su posición predominante dentro de Europa y América del Norte, además de ser visto como el «Gendarme del Mundo libre». Por otro lado, la Unión Soviética representaba el baluarte del ateísmo estatal y la matriz del comunismo internacional, actuando como proveedora y financiadora de regímenes revolucionarios denominados «comunistas», los cuales también contribuyeron al establecimiento de dictaduras y sistemas autocráticos.
Mientras dos superpotencias dominaban el panorama internacional, existía un grupo de países no alineados: algunos porque las superpotencias no tenían interés en sumarlos a sus áreas de influencia, y otros por decisión propia, optando por mantenerse al margen del nuevo mundo bipolar. Estos estados defendían la independencia de las antiguas colonias y apoyaban la instauración de regímenes democráticos o proto-democráticos, tomando como modelo el orden internacional encabezado por la ONU. Fue precisamente la Organización de las Naciones Unidas quien legitimó la creación de los nuevos estados surgidos tras los procesos de descolonización que tuvieron lugar entre 1945 y 1953.
La ONU intervenía en los debates entre Estados Unidos, URSS, Gran Bretaña, Francia y China, las cinco potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial con derecho a veto en el Consejo de Seguridad. Gran Bretaña y Francia apoyaban a Estados Unidos, mientras China era aliada de la URSS, lo que provocó una división de tres contra dos. La paz resultó inviable por la superioridad occidental frente a la inferioridad oriental.
De este modo, las ideas políticas y religiosas de carácter conservador y tradicional en Estados Unidos adquirieron mayor influencia, llegando a predominar tanto en la política interna como en el ámbito internacional. El denominado “Mundo Libre”, bajo la influencia estadounidense, se identificaba principalmente con valores cristianos, lo que llevó a que los conceptos de tolerancia y libertad religiosa fueran objeto de debate y cuestionamiento, a pesar de estar contemplados en la Carta de Derechos Humanos de la ONU como un derecho fundamental y de ser aceptados por la mayoría de iglesias cristianas.
La integración de los mercados europeos, que llevó a la creación de la CECA, la CEE y finalmente la Unión Europea actual, comenzó con la firma del Tratado de Roma en 1954. Este pacto fue firmado por seis países que simbolizaban las economías más pujantes de Europa. Estados Unidos quedó al margen del proceso, observando con recelo esta independencia europea que amenazaba la alianza forjada tras la Guerra Fría, al tiempo que competia en el ámbito comercial con Estados Unidos, lo cual generó desconfianza por parte de este último. Aunque Europa valoraba la asistencia de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, sentía que era el momento de tomar distancia y decidir su propio rumbo sin la tutela estadounidense.
Durante la Guerra Fría, las nuevas organizaciones comerciales europeas se encontraban en la esfera capitalista y seguían regímenes democráticos liberales o sociales, bajo la influencia de Estados Unidos. Estas naciones veían a la URSS como un rival del que debían protegerse, especialmente por la proximidad de las fuerzas armadas de los países miembros del Pacto de Varsovia al territorio europeo. Desde 1949, Europa quedó resguardada por la OTAN, bajo supervisión estadounidense.
Tras la conclusión de la Guerra Fría, el sistema internacional instaurado en 1945 comenzó a experimentar procesos de fragmentación paralelos a la disolución de la URSS y sus países aliados. Estados Unidos asumió una posición predominante que fue interpretada como victoria, aunque dicha apreciación respondía a una dinámica internacional más compleja. El contexto global evolucionó hacia iniciativas orientadas a superar tanto las dictaduras como las formas de imperialismo político y económico. Se plantearon debates acerca de la posible transición hacia un mundo multipolar, la ausencia de grandes potencias hegemónicas y la necesidad de reformar la ONU para adecuarla al nuevo panorama internacional. En este contexto, la religión pasó a ocupar un segundo plano, restringiéndose al ámbito privado y a los acuerdos bilaterales entre estados y organizaciones religiosas, lo cual favorecía el fortalecimiento del derecho a la libertad religiosa, de culto y de conciencia.
Por un tiempo, la dinámica de los conflictos locales mantuvo las características propias del periodo de la Guerra Fría. Ejemplos como las «Primaveras» europeas, las dos guerras del Golfo, las «Primaveras» árabes y la guerra de Irak, entre otros episodios relevantes, ocuparon y competían con frecuencia en los titulares de los principales medios de comunicación internacional.
Los acontecimientos del 11 de septiembre y la revolución digital representaron hitos fundamentales en el proceso de redefinición global conocido como “la Globalización”. En el ámbito político, surgieron iniciativas orientadas a establecer nuevos “órdenes mundiales”, que, aunque variaban considerablemente entre sí, tuvieron un impacto limitado en la ciudadanía. Esto derivó en un aumento de la desconfianza hacia los líderes políticos y en una demanda creciente de atención a las necesidades ciudadanas. Como resultado de esta desconfianza e incertidumbre, emergieron tendencias autoritarias, populistas, nacionalistas e imperialistas que apelan al retorno a valores o principios asociados al pasado y a la civilización cristiana occidental.
En la Rusia postsoviética, el resurgimiento del ideal imperialista y el nacionalismo ruso, en estrecha relación con la Iglesia Ortodoxa Rusa como defensora de valores cristiano-orientales, comenzó a consolidarse durante el mandato de Boris Yeltsin y se afianzó con la llegada de Vladimir Putin al poder. Durante su gobierno, se han identificado tendencias autoritarias, un marcado nacionalismo e imperialismo, y un uso intensivo de la propaganda en los medios y redes sociales a nivel global, todo ello respaldado económicamente por un grupo de grandes empresarios que emplean prácticas endogámicas y oligárquicas.
Durante la Guerra Fría, China permaneció en segundo plano, pero después empezó a reconsiderar el maoísmo e introdujo elementos del confucianismo tradicional como parte de su identidad nacional. También permitió cierta tolerancia religiosa hacia el budismo y el cristianismo, aunque de manera limitada. Deng Xiaoping, sucesor de Mao, y Xi Jinping, líder actual, implementaron reformas económicas que dieron paso a una apertura controlada por el Estado hacia prácticas capitalistas. Como resultado, China se convirtió en una Anocracia: combina una dictadura política con un sistema económico capitalista de tipo occidental europeo. Este nuevo modelo ha impulsado el crecimiento extraordinario del país, posicionándolo como la mayor potencia económica y comercial mundial.
Varios países asiáticos han adoptado el sistema chino, y en Occidente también han surgido iniciativas que apoyan este tipo de modelo político y económico. Incluso Estados Unidos y Rusia han sido influenciados por este nuevo régimen, que combina elementos de una dictadura tradicional de tipo soviético, con aspectos de democracia bajo criterios occidentales.
La ausencia de superpotencias ha permitido que en el mercado global surjan las denominadas potencias emergentes, conformadas principalmente por países procedentes del grupo de los No Alineados durante la Guerra Fría, así como por otras naciones que buscan posicionarse y obtener visibilidad en el mercado internacional. Brasil, México, Argentina, Chile, Sudáfrica, Marruecos, Nigeria, Egipto, India, Emiratos Árabes Unidos, Qatar… Están cambiando las reglas del juego en las relaciones comerciales internacionales.
Durante la Guerra Fría, los países marginados del conflicto lograron mejorar o desarrollar sus economías sin intervención externa, ya que eran considerados «países subdesarrollados o en vías de desarrollo» y pertenecientes al denominado «Tercer Mundo».
En años recientes, estos países han ingresado al mercado global impulsados por la revolución digital y la globalización económica. Es habitual que estos mercados utilicen rutas comerciales compartidas y formen grupos de países con intereses comunes, como los BRICS, para llevar a cabo sus actividades empresariales. Las economías emergentes representan actualmente un segmento de gran crecimiento y compiten activamente con las potencias comerciales tradicionales a nivel internacional las cuales no han sido capaces de adatarse a la globalización y a un mundo multipolar.
Todo está cambiando en la economía, mundo empresarial, mundo del trabajo, en el comercio y las finanzas mundiales, en parte gracias a las potencias emergentes y gracias a la revolución digital que permite interconectar distintas partes del mundo desde cualquier dispositivo y en tiempo real.
Los Estados están cediendo protagonismo a los mercados y a nuevas formas de interacción social, así como a modelos políticos más asamblearios en lugar de partidistas. Para algunos sectores, la globalización resulta positiva siempre que esté adecuadamente regulada y existan normas claras. Por otro lado, ciertos grupos consideran la globalización una amenaza para las identidades culturales y nacionales. Actualmente, la globalización avanza hacia sistemas de democracia directa y asamblearia, replicando en la esfera presencial modelos previamente experimentados en el ámbito virtual de las redes sociales. Mientras tanto, los movimientos antiglobalización pueden derivar en anocracias o en nuevos regímenes oligárquicos y autocráticos. El temor a perder el control por parte de políticos conservadores y tradicionalistas impulsa la imposición de la fuerza y, especialmente, la prevalencia de la “ley de la selva”. Los progresistas sostienen que la implementación de un nuevo orden es factible, siempre que exista tanto voluntad como confianza en el sistema democrático. Promueven el principio de pensar globalmente y actuar localmente, en un mundo sin fronteras, ni ideología y sin dogmas, religiosos e ideológicos, previamente establecidos.
Para figuras como Donald Trump, V. Putin, B. Netanyahu, Milei y otros políticos similares, la globalización representa una amenaza para sus intereses nacionales e ideológicos, ya que no responde a una identidad nacional o cultural concreta y consideran que está fuera de control.
Por este motivo, buscan frenar lo que califican, según la propaganda de cada país, como una tendencia “anarquista” o “comunista”, promoviendo gobiernos autocráticos, oligárquicos o anocráticos. Estos líderes se presentan ante sus votantes como “salvadores”; en el caso de Donald Trump, incluso como “el elegido y bendecido por Dios”, impulsando la ruptura frente a lo que perciben como una amenaza para sus intereses personales, empresariales o partidistas.
En la izquierda postsoviética, también existe un movimiento anti globalista, pero este considera que el control necesario para evitar el desorden causado por la globalización no debe traducirse en un retorno a sistemas autocráticos o dictatoriales, sino en fortalecer democracias directas dentro del socialismo democrático y de sociedades laicas.
En todo caso es curioso que ambas posturas anti globalistas usen las redes sociales para la difusión de sus posturas e ideas, que es un símbolo identificativo de la globalización.
En el ámbito religioso, se ha observado en Estados Unidos una tendencia hacia el fundamentalismo, especialmente en el ámbito evangélico. Por otro lado, en Europa predomina una inclinación hacia el laicismo institucionalizado y la tolerancia religiosa. Actualmente existen movimientos de corte fundamentalista que toman inspiración del llamado «Trumpismo». Además, en los países de Europa del Este, antiguos integrantes de la órbita de la URSS durante la Guerra Fría, se percibe tanto un resurgimiento del ateísmo de tipo estalinista como del fundamentalismo religioso vinculado al nacionalismo.
Actualmente vivimos en un mundo multipolar sin normas definidas sobre cómo interactuar; parece que carecemos de una superpotencia dominante. Los países se posicionan en este escenario por diversas razones: algunos por temor, otros por desconfianza, algunos aceptan la situación y se adaptan. Cada nación actúa principalmente según sus propios intereses y, solo en contextos democráticos o donde existen alianzas fuertes, también consideran el bienestar colectivo de esas alianzas.
La ONU está hoy cuestionada porque aparentemente ha sido incapaz de velar por la paz en el mundo al estar bloqueado el Consejo de Seguridad gracias al veto prácticamente permanente de Estados Unidos. Si no existiera ese veto y se hubiesen desplegado los cascos azules, quizás podría haber evitado muertes inocentes y genocidios en los recientes conflictos, como Ucrania, Gaza, Líbano o Irán. Es urgente reformar la arquitectura defensiva y de política exterior de la ONU para que siga siendo un actor global importante, el que marque las reglas del juego y realmente promueva de forma efectiva la paz.
Según la opinión pública europea, la Unión Europea atraviesa uno de sus momentos más delicados, enfrentando diversas amenazas externas, sean reales o percibidas, que plantean escenarios de transformación o incluso de eventual disolución. La ausencia de una política exterior y de defensa común contribuye a esta situación, evidenciada por la influencia de corrientes políticas externas en algunos países miembros, el aumento de ciberataques atribuidos a actores extranjeros y la creciente presión migratoria, para la cual aún no se ha logrado una postura consensuada entre los Estados miembros.
La actual situación de debilidad en Europa, junto con amenazas externas, ha favorecido el resurgimiento de planteamientos nacionalistas que ahora se analizan desde perspectivas vinculadas al trumpismo y a las doctrinas de los BRICS. Este contexto plantea la posibilidad del inicio de una nueva guerra fría en el continente europeo.
La Unión Europea enfrenta desafíos derivados de las políticas arancelarias de Estados Unidos y de Rusia, como la guerra en Ucrania y los ciberataques dirigidos a Europa. Pero sin duda lo que mas problemas está afrontando es con la disparidad de criterios a la hora de fijar la política migratoria de la UE ante la presión creciente de migraciones desde Latinoamérica y desde África, así como la llegada de refugiados de Oriente Medio como consecuencia de la reciente guerra de Siria y Líbano.
La falta de medios en muchos países y la falta de seguridad como consecuencia de la adaptación necesaria para la convivencia e integración, alimentan las ideologías más extremistas como el trumpismo y socavan la fortaleza de la democracia europea, por los efectos que estas migraciones tienen sobre la economía y la sociedad, permitiendo la aparición del racismo, de la intolerancia, del machismo, la misoginia, la xenofobia y el rechazo cultural a otras religiones, especialmente la islámica.
Los desafíos que afectan al mundo deben abordarse de manera colectiva, evitando soluciones centradas en intereses nacionales o la reafirmación de identidades culturales, sean auténticas o construidas, que mas que resolver, agravan los problemas.
Diversos simpatizantes de corrientes políticas afines al trumpismo manifiestan una sensación de desprotección y consideran ser víctimas de corrupción, fraude o falta de gobernanza. No obstante, muchas de estas percepciones pueden estar influenciadas por estrategias de comunicación que tienen como objetivo alterar la interpretación de los hechos, gestionar el flujo de información en plataformas digitales y medios tradicionales, así como generar rumores y noticias que presentan una visión alternativa. Estas campañas suelen dirigirse particularmente a jóvenes, aprovechando ciertas tendencias sociales, como la falta de viviendas o de trabajo, para facilitar su incorporación a movimientos políticos reaccionarios contra el orden establecido al que culpan de todos sus males.
Aquellos que quieren “salvar” al mundo, son corruptos, mienten, asesinan, discriminan, roban, son criminales y hasta genocidas, es decir que cometen con respecto a las doctrinas del cristianismo y del judaísmo, graves pecados contra los mandatos de Dios. Son incoherentes, irresponsables, irracionales, y carentes de toda moral o ética de carácter religioso cristiano o judío.
No está claro si realmente constituyen estos “salvadores bendecidos por Dios”, los agentes de cambio que hipotéticamente podrían ser necesarios para acabar con el autoritarismo o dictaduras. Sustituir una dictadura por otra, o perpetuarla bajo otra denominación, contradice los principios racionales del derecho internacional, los derechos humanos, el derecho civil, las Relaciones Internacionales y el Orden Mundial, conceptos cuyo significado cada vez más resulta ambiguo en la actualidad.
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